lunes, 29 de septiembre de 2008

Horoscopo ocasional

En fin, ¿cuántas veces me habré sentido un idiota por estar leyendo mientras que espero un turno para el doctor una de esas revistas de salas de espera? Porque esos títulos irresistibles y modelos ostentosas, simplemente me tientan. Y cuando voy a tomarla, la mirada de la viejita que está tejiendo el pulóver me intimida, la mamá con su hijo ya la leyó y vió las fotos y ella pudo haber tenido ese cuerpo si no se hubiera casado tan joven; y no, no puedo tomar esa. Tampoco la de los últimos descubrimientos científicos, y debajo de la de científicos hay otra con fotos insinuantes, y otra, una de bicicletas supersónicas, y la aburridísima de política y economía. Ya está, no queda otra, el amargo sabor del aburrimiento… las acciones, la suba de impuestos, estadísticas de las elecciones. Nada eh, y de repente, el horóscopo en algún rincón de la hoja. Al principio la resistencia, no puedo volverme supersticioso. Pero ya es tarde: “Se le abrirán nuevas perspectivas” ¡qué novedad, ¿no?! “tome las decisiones correctas, piense bien antes de elegir” pienso si presenté o no los formularios, tengo que asumir que se encargue otro. “Puede que tenga días movidos, no desespere, vendrán tiempos mejores” y ya estaba atrapado, casi me lo creo, o al menos siempre dudo cuando quito la vista, y hay cierto misticismo en la sala de espera. Y ahí armo el argumento racional, “vendrán tiempos mejores”, siempre lo mismo, así es muy fácil escribir horóscopos, ¿cuándo no llegaron tiempos mejores? Es difícil decirlo, pero uno siempre los está esperando, entonces pocas veces se da cuenta de que no llegan; y… ¿cuándo no hubo nuevas perspectivas? Etcétera.
Pero ahí me doy cuenta que, en esas cuatro líneas, le describen a uno el futuro; no importa que sea cierto, después de todo ¿qué porvenir lo es? Lo que da envidia es que ellos pudieron resumir en pocas palabras lo que a mi me llevaría una vida. Es tremendo, elaboro un horóscopo mental, para convencerme de que puedo, porque ya es un desafío. Lo hago a mi manera, inevitable que no incluya el pasado, un poco de presente, como hace tres días que no duermo y antes dormía como un angelito, y ahí esta, “procure estar descansado nunca se sabe que malas se avecinan; no se precipite, ya se resolverán los problemas, y cuide la presión, puede que ande medio tenso”.
No era tan difícil, además, cada vez que espero en una sala de espera hago lo mismo: leer los horóscopos, y convencerme de que los días a punto de llegar no son tan enigmáticos. Probablemente usted haga lo mismo, y disculpe si lo ofendí al pensar que es ingenuo creer en los horóscopos, seguramente no va demorar en recuperar la inocencia. Yo sólo advierto que, puede tener sus serias consecuencias creer en exceso, por ejemplo que la vida se torne aburrida, al saber lo que nos depara el porvenir, y quede muerta la posibilidad de sorprenderse. Averiguar el futuro debe ser tan triste como escribir el propio epitafio.
Sería como vivir recordando, o mejor dicho, como volver a vivir los recuerdos, un deja vu constante, todos serían viejos momentos, hazañas sin picardía, caricias sin vértigo, chistes sin gracia, esperas esperadas, errores repetidos. Y sentir dos veces el mismo amor, la misma felicidad, el mismo orgasmo, dos veces las mismas cosas, se volvería insoportable.
¡Qué tragedia! Y entre tanto sentimentalismo, podría yo añadir que no espere vivir el futuro, que no se abandone al azar premeditado, o cualquier frase que venga al caso, una frase que lo llene de entusiasmo, y tenga unas impresionantes ganas de vivir el presente, de saltar y reír, y llamar al lejano amor que nos quitó el sueño, y abrazar a un ser querido, y alejar el futuro de una vez por todas.

Pero tranquilo que en las salas de espera no queda otra que esperar. Además está viviendo en el presente, y mire qué curioso, mientras que usted lee esto en el presente, está en mí presente, y viceversa. Entonces, mucho gusto, y que tenga usted un buen día, o en lenguaje de horóscopo: “¡Va a tener un buen día!”.

martes, 23 de septiembre de 2008

Ana

Ana[1] fue un gran amor…











[1] Nota al pie de página: Es un vicio vanguardista, lo admito, el de jugar con los espacios de las hojas. Pero… ¿será posible que de nuestros grandes amores sólo quede la calma al pronunciar su nombre y luego un espacio vacío? Queda un espacio vacío que uno podría llenar de garabatos, o especulaciones varias que alteran el invariable destino. Queda el poético e impreciso ‘pudo haber sido’, y la calma de su nombre. Porque decir o escribir Ana equivale a besarla, a dormir un rato entre sus parpados, a sentir ese amor que no necesita ya del cuerpo, ni de los orgasmos, ni de las discusiones para quitarle el óxido a la pasión que se oxida con los años. No voy a negarlo, existen nombres más sensuales y novelescos, reconozcamos también que la dulce Dulcinea de Don Quijote no era de lo más sensual, pero sí lo más novelesco. Mi gran amor, desde entonces, habita en cada hoja que escribo, en los rincones más insólitos, en mi manera de elegir la ropa, o cepillarme los dientes.

¿Qué quiere que le diga? De ser por mí le pagaría a un escritor de buena talla para que escriba la historia de Ana; o a un cantante para que cante una canción que la persiga. Sí, eso es, una canción que se esconda tras ella y la persiga en las calles, en el subte, cuando cocina o cuelga la ropa. En verdad ella era pro-feminista nunca hubiera lavado un par de platos, sí algunas copas.

Recuerdo la carta del Subcomandante ‘insurgente’ Marcos pidiéndole unos tonos a Sabina. Siete años demoró en ser respondida aquella carta, a modo de canción, claro. Siete años, que creo yo, al Sup le dolieron las muelas para que al escucharla otros muchos pudieran sentir, por fin, ese dolor de muelas aliviado.

Es un gesto innoble o descarado creer que mi historia deba ser contada, que peca de vanidoso, pero es que yo pienso que la cantidad de idioteces que he cometido en nombre del desamor no tiene nombre y mucho menos apellido, que cada exitoso fracaso debe ser documentado para brindar, aunque sea, el ejemplo de lo que no hay que hacer.

Después de todo, al cerrar balances y quedar en números rojos, al haber formado parte, cada viernes por la noche, de la procesión del adiós en un bar desconocido; uno prefiere un sábado cualquiera añadirle un capitulo al libro largo de la vida, esas pocas palabras: “Ana fue un gran amor” y que el silencio hable por sí mismo.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Siete minutos y un rumor

Es un hecho: los escritores no saben cómo ganarse la vida, de saberlo, probablemente no serían escritores. Hay ciertas especulaciones, rumores, que últimamente en la empresa han estado corriendo de una punta a la otra. Nadie sabe donde empezó el dilema, pero… todos tienen bien en claro que la mala nueva le trajo a más de uno un serio disgusto.
Los escritores no saben ganarse la vida, porque en el mismo momento que escriben, dan por hecho que la vida misma está perdida. Este último punto, como también el primero, pueden considerarse o verse como una alusión metafórica a la triste realidad, o en su defecto, como una representación literal; y son, claro que lo son, muy discutibles. Allá ustedes hagan con esto lo que quieran, yo en verdad quiero contarles las idas y venidas de la empresa, que a mi me tienen, como dije antes, un tanto disgustado.
Porque en cualquier momento cierra la distribuidora Miserere, y hay huelgas en la central de Belgrano, y si la mala nueva se sigue moviendo, como se mueven los rumores, en pocos días nos veremos todos de patitas en la calle. Quizás subsista la de Recoleta, por una cuestión simbólica y honorable.
Pero dado a cómo se mueven y corren, y nunca detienen los rumores, tal vez usted es un lector de ocasión y no entiende de qué estoy hablando. ¡No se alarme! Voy a intentar ser lo más confuso posible, para que por las dudas, no entienda ni una coma. Pero si sigue leyendo, déjeme añadirle una pregunta de curioso: ¿realmente, usted cree, qué las cartas de amor que le escribió su pretendiente las escribió él? Piénselo. Ahora se lo pregunto de nuevo, de curioso insistente nomás, porque cuando alguien pregunta dos veces lo mismo, por regla estadística el interrogado responde dos veces (o tres) algo diferente. Ahhh ¿vió? Dos veces la misma pregunta y usted duda. Y titubea si aquella frase tan hermosa que le dijo entre garabatos era obra de él, o de algún escritor que no sabe ganarse la vida; porque bien sabe, y no me corrija si me equivoco, que esa frase tan linda, la escuchó meses después en una canción, o la leyó en el recoveco de algún libro.
Perdón, gajes del oficio. No debería hablar de esto. Supuestamente la empresa subsistía gracias al pacto de confidencialidad, a mí nunca me agradó demasiado eso, y ya entiendo por qué. Lo confidencial o la confianza, para el caso da lo mismo, tarda años en construirse y basta con un rumor, para que las promesas, y un pasado encantador, se desbaraten por dicho rumor. Y ahora me siento traicionado, y la traición es insoportable, tanto como para el culpable como para la víctima. No hay estadísticas sobre el tema, pero yo creo que el culpable lo sufre más. Es bastante extraño, porque yo soy víctima de toda esta farsa y la sufro como un culpable.
Cuestión que yo trabajaba en esta empresa, era tan lindo, mi despacho y el café de la mañana; faltaba tal vez una secretaria despampanante. Lamento que el presupuesto no diera para tales lujos. Trabajaba en el área de “entrevistas y estadísticas sobre el consumidor selecto”. Lo confieso: nunca me gusto ese nombre, me parecía muy ruidoso, y en verdad, había pocas nueces. La nuez era yo, ya que era encargado y único empleado del área. Me encargaba de realizar las entrevistas, procesarlas, y emitir las estadísticas. Y creo que soporté ese calvario de mentiras, sólo por el hecho de cruzarme con los escritores de gran prestigio. Era desgastante, porque la gente miente mucho en las entrevistas. Haga la prueba: pregunte dos veces la misma cosa, y le responderán dos veces algo diferente. Reconozco que me sirvió para la vida diaria de notable manera, al principio me regocijaba al ver la cara del mentiroso. Él mentiroso ¿le digo la verdad? está en todos lados y en cada parte de nuestro cuerpo. Y cuando alguien como yo, disculpe la arrogancia pero los números hablan por sí solos, entrevistó a nada más y nada menos que siete millones de individuos (no haga la cuenta de la cantidad de tiempo que me llevó lograr tal cifra, porque se dará cuenta que estoy mintiendo, y lo que es peor: se dará cuenta que cada tanto le agradan las mentiras, más cuando éstas incluyen magnitudes, temporalidad, etc.; ¿o acaso no nos gusta escuchar que el beso que dimos es el mejor que han recibido?). Bueno, como le decía… la capacidad de adivinar el rostro del mentiroso pasa a ser un acto reflejo. Y el acto reflejo se transforma en enfermad, en una especie de paranoia tardía que se adhiere a nosotros como una sombra ¡Y qué sorpresa! de repente todo el mundo miente.
Sin embargo estoy muy apenado, porque probablemente la empresa cierre o quiebre, a causa de este rumor. Y cuando a uno le cambian la rutina, le están cambiando la manera de despertarse y de irse a dormir, el modo en que toma el café, y la mirada con que uno mira no es la misma, nunca. Y quizás, yo consiga el despacho que siempre soñé con la secretaria despampanante que nuca tendré en otro trabajo, incluso sin tener que pasar por el acto cruel de sorprender al mentiroso.
Disculpe, gajes del oficio, me estoy yendo por las ramas y esto aburre. Ese es un recurso eficaz, utilizado a menudo antes de cada entrevista, cuando el entrevistado está nervioso o impaciente, usted no tiene que hacer otra cosa que hablarle del clima e irse por las ramas, encontrar esos temas en común (que casi siempre son ficticios) y provocar el proclamado efecto dominó. Después, contemplará con gracia y con cierto dejo de lástima, al entrevistado, o a la víctima –después de un tiempo es inevitable verlo como víctima-, verá con que rapidez se acalora en una conversación sobre la suba de precios en artículos de pesca. Probablemente, a usted le interesen estos datos y esté haciendo una anotación mental, ¿a quién no le gustaría saber, a ciencia cierta, si nuestra mujer nos fue infiel o no? Bueno, no a todos, es cierto.
En realidad lo que estoy haciendo es deplorable, y valga la redundancia estoy mintiendo como un desgraciado, estoy intentándome creer que mi trabajo era agradable. Sí, las malas costumbres se contagian, y yo me acostumbré a mentir, ¡ojo! con arte y confección, con estilo y elegancia, y por sobre todo con mucha pedantería. Lo desafío a usted a trabajar más de la mitad de su vida en un sucucho procesando entrevistas. ¿Ahora entiende lo que digo?, y sin embargo se quedó con la seductora idea de poder mentir con arte y confección, estilo y elegancia. También hay técnica para esto, los gestos, los instantes precisos, y no hablo de la dilatación de pupilas y la aceleración del ritmo cardíaco, ese es un recurso fetichista y poco útil que se usa sólo en las películas, y que la mayoría cree como se cree en todas las mentiras. ¿Se imagina que patético sería si la mamá le pregunta a su hijo si ha ingerido estupefacientes y en mitad del escándalo le toma el pulso, espera hasta el día siguiente y se lo toma nuevamente para controlar si su hijo mintió? Por supuesto que sería más lógico y efectivo hacerle análisis médicos y el incomodo etcétera, que controlar el ritmo cardíaco. Pero hay cierto narcisismo que lo lleva a uno a quedar en ridículo al hacer preguntas capciosas, y lanzar miradas inquisidoras, como si se tratara de uno de esos casos de película anteriormente mencionados, en el que él bueno descubre al malo mintiendo. Ese narcisismo del que hablo, es la última ilusión que le queda al pobre desgraciado que le mintieron, y casi siempre viene acompañado de una exclamación “¡Yo sabía!”, y al darse cuenta que se da cuenta que le mintieron, creé que todavía la vida tiene sentido porque es lo suficientemente diestro para darse cuenta que le mienten, y no un pobre estúpido al que engañaron de pies a cabeza.
Pero decía: mentir con arte y confección, estilo y elegancia; si a usted no le seduce esa idea le comento que a mí sí. Así escrito, la mentira parece una virtud. De hecho le voy a contar que usted sabe mentir mejor que yo. Ahhh… ¿usted no miente?, bueno, lo pregunto de nuevo ¿usted no miente? Bien, ahora podemos seguir. Puede que no le guste mentir, que no disfrute de engañar al otro, yo tampoco lo disfrutaba, pero cuando uno no puede cambiar el absurdo se adapta a el de la mejor manera, las primeras mentiras le quitan a uno el sueño, y después, uno ya está muy encaminado en el camino como para salirse, y va perfeccionándose en ese absurdo. Y llega el punto de la resignación, y se encuentra leyendo las palabras de un futuro desempleado que al parecer le va a revelar la clave para mentir con estilo y elegancia; y usted, si ha leído hasta acá no va a poder quitar la vista. ¿No me cree? haga la prueba, deje de leer ahora. ¿Pudo? ¿qué tema no? Incluso ahora me está creyendo esta mentira de que no puede dejar de leer ¿vio que fácil es mentir con elegancia? Ahhh, usted dirá pero esto es una estafa, para mentir con “esa” elegancia prefiero mentir a mi manera. Hágalo, después de todo habrá perdido algunos minutos en haber leído mis palabras, pero no se vaya sin saber que las grandes verdades se encuentran en los finales, o en su defecto, en las grandes mentiras. No me enojo si deja de leer, de igual modo, dudo que me entere.
Pero hay, hay una clave para mentir con elegancia, que se ajusta a todos nosotros, y mire que pobre: es la misma elegancia con la que nos mentimos todos nosotros. La elegancia del autoengaño, de la mala fe, de creerse las propias mentiras como si fueran verdades. Y no se sorprenda, usted ya lo sabía, de lo que no es capaz todavía, es de mentirle al otro como se miente a sí mismo, eso requiere ¿cómo decirlo? mucha dedicación y carisma, y capacidades extraordinarias como la actuación, de las que generalmente alguien como yo carece. No se preocupe el tiempo se encarga de eso. Y si no lo hace, quedese tranquilo, hay una ley proporcional que justifica su poca habilidad para mentir, mientras peor mienta, menos se miente a sí mismo. ¿Qué tal, eh? eso quizás sea lo único que me crea de todo esto (y lo de la suba de precios de artículos de pesca también). Me lo va a creer ¿por qué a quien no le haría sentirse bien saber que miente mal porque no se engaña a sí mismo? y si es mentira, es una mentira piadosa que tranquilamente se puede aceptar como verdad.
Cuestión que, diciendo la verdad o diciendo la mentira, la empresa no va a cerrar. Y no existe la distribuidora Miserere, y no hay huelgas en la central Belgrano, ni la de Recoleta es honorable. Pero pensé yo, que a usted quizás le gustaba tener una primicia sobre una empresa que desconoce y que no sabe qué hace, pero que tampoco importa, porque los rumores, como se dicen en secreto, y los secretos se escuchan más que las cosas dichas en voz alta, podía usted escucharme. Porque las primicias o las novedades se caracterizan por la poca y mentirosa información. Y también pensé, que le gustaba salir a la calle, con la sensación de tener una novedad entre sus pensamientos, sin la desilusión de que en el mundo no queda nada por estrenar. Y podía dejarle entre líneas, el amargo mensaje que tienen las mentiras, para que cuando usted mienta o le mientan se sonría… Mejor sonría cuando le mientan, porque si sonríe mintiendo y lo descubren, conseguirá una selección de insultos de los buenos. Y si mi reloj sigue marcando las horas, y el mundo sigue girando, puede empezar a sonreírse porque le he mentido.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Sociedad del desamor

Usted lo sabe, yo lo sé, todos lo sabemos: en todas sus formas y matices, en cualquier rincón, y en cada hora que pasa, el desamor es terrible. Y para peor, aunque no queramos admitirlo, es siempre lo mismo: llantos, llamadas, sensaciones varias de abandono, desoladas soledades, decepciones, insomnios, y otra vez lo mismo… cansancios, llantos, y sucesivos etcéteras.
Hay excepciones y variables, y si bien vivimos cada desamor como el más insoportable, o el único e irrepetible, digamos que –disculpen la reducción- hay tres destinos inexorables: ser dejados, verdugos, o –en el mejor de los casos- cómplices de la tragedia. Es decir, o nos dejan y nos sentimos más tristes que un payaso fingiendo su sonrisa, o somos verdugos condenados al fracaso sabiendo que le garantizamos al otro largas noches de incesantes lágrimas. Y después, el particular caso de los cómplices que por las buenas terminan con las malas, que es demasiado feliz como para gastar tinta y hojas en escribirlo. Pero hay que tener en cuenta que todos los desamores tienen un poquito de cada cosa.
No quiero huir por la tangente, lo que quiero contarle es algo más simple y escurridizo, y sobre lo otro, ya está todo muy dicho –hágame caso, encienda la radio y cuénteme de que hablan las canciones-. Ya habrá escuchado que el tiempo cura las heridas y que al fin de cuentas todo pasa.
Lo que me lleva a escribirle estimado, es una idea secamente monetaria, claro… está disimulada en ciertos misterios circunstanciales que intentan parecer solidarios, o piadosos; pero en el fondo yo soy un miserable.
Lo que pretendo es acortar esa brecha, rellenar ese hueco vacío que deja el desamor. No se anticipe, la idea es buena, incluso está en uso desde antaño, simplemente propongo una vuelta de tuerca al asunto, echarle un poco de perfume a la flor marchita, o como quien dice, endulzar el engaño. Se me ocurrió, siempre y cuando alguien me acompañe, crear una mediana empresa que se encargue de lidiar con el tortuoso asunto del desamor, curar las penas, garantizar el olvido, devolverle la sonrisa. ¿Me sigue?
Vayamos de a poco, si todo esto resulta, pasaríamos a ser socios en un proyecto increíble que, no me tome usted por idealista, va a cambiar el mundo. Lo voy a explicar mejor: en primeras líneas consiste crear una compañía aseguradora, de impecable inocencia e incuestionable éxito, con un personal capacitado para disminuir los efectos colaterales y directos que produce cualquier tipo de desamor. ¿Qué quiero decir con personal capacitado? Bueno, consideremos personal capacitado a toda persona que sepa algo del amor y tenga algo de ingenio para sacar a las víctimas de sus tragedias con útiles consejos, y transitoria compañía. Sí, sí, perfectos candidatos para formar el equipo de trabajo podrían ser desde frustrados poetas, hasta amantes despechadas.
En términos burocráticos, dicha compañía aseguradora funcionaría de manera tan sencilla como cualquier otra. Los interesados contratarían por anticipado nuestros servicios, haciendo una simple llamada telefónica, describiéndonos su situación, y quedarían desde ese instante exentos para siempre de los insensatos miedos de ser abandonados. No podemos dejar de lado el maravilloso detalle, que probablemente a usted ya se le ocurrió: sí, sí… ¡el servicio va poder ser pedido por terceros!.
Imagine que hermoso y cuan horrendo, estaríamos trabajando con dos cuestiones inevitables entre los mortales: el miedo y el amor. Imagínese, antes de una relación uno podría darse el lujo de tomar las precauciones necesarias y adherirse a este circo de seguridad. Sería como quien compra un auto y contrata el respectivo seguro por miedo a perderlo, a dañarlo, o que se lo roben. No me trate de infame, ¿acaso le incomodan mis principios?
Piénselo: estar por un rato despojado de insomnios, llantos, llamadas que nunca suenan.
Y cuando hablo del maravilloso detalle de que el servicio pueda ser contratado por terceros, lo hago, para ahorrarle a unos cuantos el dilema ético y moral, que podría ocasionarle a uno el saber que, en definitiva, está pagando por transitorias compañías. A lo que voy estimado lector es que, usted mismo podría contratar para un amigo o familiar nuestros servicios, y éste, sin darse cuenta, sería salvado por una de nuestras amantes despechadas o poetas frustrados, de su calvario de tristezas.
Esto hablando en líneas burocráticas, pero… ¿cómo funcionaría todo este arsenal de ideas en la práctica? Bueno, es muy simple, una vez inscripto en nuestro sistema, nosotros, de alguna manera, sabremos como anda el amor por sus pagos, y una vez llegado el final de los finales, acudiríamos a su rescate. Enviaríamos a uno de los miembros del equipo para que lo seduzca mientras compra el diario, o espera el colectivo, y usted en un parpadeo estaría enamorado nuevamente y saliendo de sus sufrimientos prácticamente ileso. ¿Acaso no es eso lo que uno quiere: dejar de sentir el gusto del fracaso, olvidar ese tren interminable de ilusiones muertas, quitarle a las mañanas la falta de sentido que tiene despertar?
Calculemos que no es todo tan fabuloso como parece, habrá casos felices, en los que nuestro personal sienta que los sentimientos son correspondidos con sus victimas y todo concluya en otra apasionada historia de amor. Y habrá de los otros, los más tristes, en que la victima no conseguirá ese trato reciproco y se verá envuelto en el mundo de las decepciones otra vez. Pero, a nosotros, que nos incumben las ambiciones monetarias, nos parecerá ese un gran caso, ya que tendremos un cliente adherido por unos cuantos meses más, un cliente en un juego de nunca acabar, donde siempre pierde y es rescatado.
Después de todo, que no nos pese la conciencia; que uno abandona y es abandonado es un hecho de la vida diaria, y sino ya lo han dicho: todo pasa.
Por mi parte, cambiando de tema le comento, que esa idea de que las cosas pasen le deja un ruido insoportable a mis días, porque… disculpe que me ponga sentimental, ahora mismo estoy yo envuelto en el peor de los finales y cada vez que alguien se aproxima a darme sus condolencias, el hecho de que me digan con una sonrisa de lástima que todo pasa, abre un abismo en mi porvenir. Yo no quiero que pasen mis épocas más felices, mis mejores besos, aquellos ratos de amor; no quiero que pase esta tristeza, que el inexistente olvido venga a visitarme, y queden en la puerta de mi casa sólo algunas nostalgias imprecisas. Yo humildemente quiero que ella vuelva. No espero una amante despechada que me salve, ¿salvarme y perderlo todo?
Y usted sabe, en mi historia no hubo victimas ni culpables, hubo responsables. Y yo pensé, que tal vez, fundando una empresa que me haga millonario; o en su defecto, un hombre exitoso, podía recuperar el encanto de que los ojos de ella me miren, que su boca me bese, que su cuerpo me busque por inercia como lo hace el mío.
Y si no funciona la empresa, me gustaría que el rumor corra, y que ella alguna vez se entere de todas estas cosas, y sepa que unas cuantas veces le escribí. Y que, después de tantos años, aún la pienso…

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Gritos ocasionales

Por intuición sabemos, sabemos el beso, el tiempo, el sentido. Pero qué problema, qué hermoso inconveniente se nos presenta cuando el saber intuitivo no responde las preguntas que nos aturden la existencia. El primer refugio al que acudimos, tal vez sea la incomoda duda, o el desconcierto. Ahh, con que ahora no sabe por qué vive, y cómo aprendió a besar, y cuándo el tiempo empezó a correr. Yo tampoco lo sé, y el saber intuitivo que tenía sobre esas cuestiones se movía por inercia, pero los primeros fracasos me quitaron ese rinconcito de inocencia. Y el rinconcito se llenó de libros, diccionarios, cartas póstumas, consejeros adrede, y ambiciones vanas. Claro, usted calcule, que yo un día me desperté, sin dejar de ser niño, y creyéndome un adulto, y qué catástrofe. Hubo una epidemia de tristezas, de besos no bien dados, de un tiempo sin medidas, y una vida sin sentido. Por suerte no dura mucho ese período, por una razón intuitiva seguí viviendo, y ocupándome de esas ocupaciones que le ocupan a uno el tiempo que desconoce.
Fíjese que curioso, ¿alguna vez conoció un loco? yo sospecho que este hombre era loco, aun sin saber bien en qué consiste eso de ser loco. Resumamos que era loco y punto. Y a mí que siempre me resultaron agradables las locuras ilustres como la de Don Quijote o Vang Gogh, me dio mucha curiosidad conocer sus motivos, no los motivos de la locura, esos son muy rebuscados e intangibles; hablo de los motivos sencillos y honestos que llaman inevitablemente la atención de un curioso como yo. ¿Acaso usted nunca se preguntó por qué y para qué estaba haciendo lo que estaba haciendo? Sin ir muy lejos ¿para qué o para quién escribo yo esto?
Cuestión que a mi me llamaban mucho la atención los motivos de éste loco. Imagínese qué tipos de ganas pueden movilizar a alguien de manera tan obtusa, para que despierte cada día y se diga: “hoy a las siete de la tarde tengo que ir a gritar a la plaza”. Y siempre que veía a este loco, tenía yo las insensatas ansias de preguntarle “¿qué lo trajo hasta aquí?”, no violentamente como suelo hacerlo; sino con simpatía y bastante envidia, porque no estaría mal detenerse unos minutos al día, cuando uno regresa del trabajo con broncas y líos pendulares, ponerse a gritar entre un montón de desconocidos.
No me diga que no le está dando intriga saber cuales eran los motivos que movilizaban a ese loco, para después acomodarlos en su rutina, y en cada vuelta del trabajo ponerse a gritar en una plaza, o en el colectivo, o en el subte si es muy tímido. ¿Y sabe que es lo malo de esta historia? Que nunca me animé a preguntarle, no por miedo a que me grite, sería después de todo, la opción más factible. No me animé porque esa tarde, yo estaba decidido a preguntarle, y cuando me aproximaba y veía a ese loco gritón y sonriente, me tomó por desprevenido una pregunta: ¿por qué preguntarle?
¿Y sabe qué? usted no me va a creer, pero después de la pregunta me invadió una angustia de esas que calan hondo, ante el hecho que yo mismo desconocía los motivos por los qué esa mañana había ido al trabajo. Usted dirá: porque debe tener que darle de comer a sus hijos, y si no va lo despiden, y sus hijos no tienen que comer. Bueno sí, es lógico, ¿es realmente para tanto? Pero no me detuve ahí: ¿por qué cuándo llegue a casa voy a encender el televisor? ¿para distraerme? ¿distraerme de qué? Y así sucesivamente hasta llegar a la conclusión que mis motivos eran tan inútiles como los del loco, y menos divertidos, y menos eficaces. Y no le sorprenda, no sea soberbio por un instante, le voy a contar que sus motivos, por más lógicos que parezcan, son tan estúpidos e inútiles como los míos y los de mí amigo el loco. Si no me cree, dése el lujo de conocer a un loco.
Ya sé, no me animé a hablarle, pero en cambio, junté coraje, inflé el pecho y me puse a gritar a su lado, como un loco.