Es un hecho: los escritores no saben cómo ganarse la vida, de saberlo, probablemente no serían escritores. Hay ciertas especulaciones, rumores, que últimamente en la empresa han estado corriendo de una punta a la otra. Nadie sabe donde empezó el dilema, pero… todos tienen bien en claro que la mala nueva le trajo a más de uno un serio disgusto.
Los escritores no saben ganarse la vida, porque en el mismo momento que escriben, dan por hecho que la vida misma está perdida. Este último punto, como también el primero, pueden considerarse o verse como una alusión metafórica a la triste realidad, o en su defecto, como una representación literal; y son, claro que lo son, muy discutibles. Allá ustedes hagan con esto lo que quieran, yo en verdad quiero contarles las idas y venidas de la empresa, que a mi me tienen, como dije antes, un tanto disgustado.
Porque en cualquier momento cierra la distribuidora Miserere, y hay huelgas en la central de Belgrano, y si la mala nueva se sigue moviendo, como se mueven los rumores, en pocos días nos veremos todos de patitas en la calle. Quizás subsista la de Recoleta, por una cuestión simbólica y honorable.
Pero dado a cómo se mueven y corren, y nunca detienen los rumores, tal vez usted es un lector de ocasión y no entiende de qué estoy hablando. ¡No se alarme! Voy a intentar ser lo más confuso posible, para que por las dudas, no entienda ni una coma. Pero si sigue leyendo, déjeme añadirle una pregunta de curioso: ¿realmente, usted cree, qué las cartas de amor que le escribió su pretendiente las escribió él? Piénselo. Ahora se lo pregunto de nuevo, de curioso insistente nomás, porque cuando alguien pregunta dos veces lo mismo, por regla estadística el interrogado responde dos veces (o tres) algo diferente. Ahhh ¿vió? Dos veces la misma pregunta y usted duda. Y titubea si aquella frase tan hermosa que le dijo entre garabatos era obra de él, o de algún escritor que no sabe ganarse la vida; porque bien sabe, y no me corrija si me equivoco, que esa frase tan linda, la escuchó meses después en una canción, o la leyó en el recoveco de algún libro.
Perdón, gajes del oficio. No debería hablar de esto. Supuestamente la empresa subsistía gracias al pacto de confidencialidad, a mí nunca me agradó demasiado eso, y ya entiendo por qué. Lo confidencial o la confianza, para el caso da lo mismo, tarda años en construirse y basta con un rumor, para que las promesas, y un pasado encantador, se desbaraten por dicho rumor. Y ahora me siento traicionado, y la traición es insoportable, tanto como para el culpable como para la víctima. No hay estadísticas sobre el tema, pero yo creo que el culpable lo sufre más. Es bastante extraño, porque yo soy víctima de toda esta farsa y la sufro como un culpable.
Cuestión que yo trabajaba en esta empresa, era tan lindo, mi despacho y el café de la mañana; faltaba tal vez una secretaria despampanante. Lamento que el presupuesto no diera para tales lujos. Trabajaba en el área de “entrevistas y estadísticas sobre el consumidor selecto”. Lo confieso: nunca me gusto ese nombre, me parecía muy ruidoso, y en verdad, había pocas nueces. La nuez era yo, ya que era encargado y único empleado del área. Me encargaba de realizar las entrevistas, procesarlas, y emitir las estadísticas. Y creo que soporté ese calvario de mentiras, sólo por el hecho de cruzarme con los escritores de gran prestigio. Era desgastante, porque la gente miente mucho en las entrevistas. Haga la prueba: pregunte dos veces la misma cosa, y le responderán dos veces algo diferente. Reconozco que me sirvió para la vida diaria de notable manera, al principio me regocijaba al ver la cara del mentiroso. Él mentiroso ¿le digo la verdad? está en todos lados y en cada parte de nuestro cuerpo. Y cuando alguien como yo, disculpe la arrogancia pero los números hablan por sí solos, entrevistó a nada más y nada menos que siete millones de individuos (no haga la cuenta de la cantidad de tiempo que me llevó lograr tal cifra, porque se dará cuenta que estoy mintiendo, y lo que es peor: se dará cuenta que cada tanto le agradan las mentiras, más cuando éstas incluyen magnitudes, temporalidad, etc.; ¿o acaso no nos gusta escuchar que el beso que dimos es el mejor que han recibido?). Bueno, como le decía… la capacidad de adivinar el rostro del mentiroso pasa a ser un acto reflejo. Y el acto reflejo se transforma en enfermad, en una especie de paranoia tardía que se adhiere a nosotros como una sombra ¡Y qué sorpresa! de repente todo el mundo miente.
Sin embargo estoy muy apenado, porque probablemente la empresa cierre o quiebre, a causa de este rumor. Y cuando a uno le cambian la rutina, le están cambiando la manera de despertarse y de irse a dormir, el modo en que toma el café, y la mirada con que uno mira no es la misma, nunca. Y quizás, yo consiga el despacho que siempre soñé con la secretaria despampanante que nuca tendré en otro trabajo, incluso sin tener que pasar por el acto cruel de sorprender al mentiroso.
Disculpe, gajes del oficio, me estoy yendo por las ramas y esto aburre. Ese es un recurso eficaz, utilizado a menudo antes de cada entrevista, cuando el entrevistado está nervioso o impaciente, usted no tiene que hacer otra cosa que hablarle del clima e irse por las ramas, encontrar esos temas en común (que casi siempre son ficticios) y provocar el proclamado efecto dominó. Después, contemplará con gracia y con cierto dejo de lástima, al entrevistado, o a la víctima –después de un tiempo es inevitable verlo como víctima-, verá con que rapidez se acalora en una conversación sobre la suba de precios en artículos de pesca. Probablemente, a usted le interesen estos datos y esté haciendo una anotación mental, ¿a quién no le gustaría saber, a ciencia cierta, si nuestra mujer nos fue infiel o no? Bueno, no a todos, es cierto.
En realidad lo que estoy haciendo es deplorable, y valga la redundancia estoy mintiendo como un desgraciado, estoy intentándome creer que mi trabajo era agradable. Sí, las malas costumbres se contagian, y yo me acostumbré a mentir, ¡ojo! con arte y confección, con estilo y elegancia, y por sobre todo con mucha pedantería. Lo desafío a usted a trabajar más de la mitad de su vida en un sucucho procesando entrevistas. ¿Ahora entiende lo que digo?, y sin embargo se quedó con la seductora idea de poder mentir con arte y confección, estilo y elegancia. También hay técnica para esto, los gestos, los instantes precisos, y no hablo de la dilatación de pupilas y la aceleración del ritmo cardíaco, ese es un recurso fetichista y poco útil que se usa sólo en las películas, y que la mayoría cree como se cree en todas las mentiras. ¿Se imagina que patético sería si la mamá le pregunta a su hijo si ha ingerido estupefacientes y en mitad del escándalo le toma el pulso, espera hasta el día siguiente y se lo toma nuevamente para controlar si su hijo mintió? Por supuesto que sería más lógico y efectivo hacerle análisis médicos y el incomodo etcétera, que controlar el ritmo cardíaco. Pero hay cierto narcisismo que lo lleva a uno a quedar en ridículo al hacer preguntas capciosas, y lanzar miradas inquisidoras, como si se tratara de uno de esos casos de película anteriormente mencionados, en el que él bueno descubre al malo mintiendo. Ese narcisismo del que hablo, es la última ilusión que le queda al pobre desgraciado que le mintieron, y casi siempre viene acompañado de una exclamación “¡Yo sabía!”, y al darse cuenta que se da cuenta que le mintieron, creé que todavía la vida tiene sentido porque es lo suficientemente diestro para darse cuenta que le mienten, y no un pobre estúpido al que engañaron de pies a cabeza.
Pero decía: mentir con arte y confección, estilo y elegancia; si a usted no le seduce esa idea le comento que a mí sí. Así escrito, la mentira parece una virtud. De hecho le voy a contar que usted sabe mentir mejor que yo. Ahhh… ¿usted no miente?, bueno, lo pregunto de nuevo ¿usted no miente? Bien, ahora podemos seguir. Puede que no le guste mentir, que no disfrute de engañar al otro, yo tampoco lo disfrutaba, pero cuando uno no puede cambiar el absurdo se adapta a el de la mejor manera, las primeras mentiras le quitan a uno el sueño, y después, uno ya está muy encaminado en el camino como para salirse, y va perfeccionándose en ese absurdo. Y llega el punto de la resignación, y se encuentra leyendo las palabras de un futuro desempleado que al parecer le va a revelar la clave para mentir con estilo y elegancia; y usted, si ha leído hasta acá no va a poder quitar la vista. ¿No me cree? haga la prueba, deje de leer ahora. ¿Pudo? ¿qué tema no? Incluso ahora me está creyendo esta mentira de que no puede dejar de leer ¿vio que fácil es mentir con elegancia? Ahhh, usted dirá pero esto es una estafa, para mentir con “esa” elegancia prefiero mentir a mi manera. Hágalo, después de todo habrá perdido algunos minutos en haber leído mis palabras, pero no se vaya sin saber que las grandes verdades se encuentran en los finales, o en su defecto, en las grandes mentiras. No me enojo si deja de leer, de igual modo, dudo que me entere.
Pero hay, hay una clave para mentir con elegancia, que se ajusta a todos nosotros, y mire que pobre: es la misma elegancia con la que nos mentimos todos nosotros. La elegancia del autoengaño, de la mala fe, de creerse las propias mentiras como si fueran verdades. Y no se sorprenda, usted ya lo sabía, de lo que no es capaz todavía, es de mentirle al otro como se miente a sí mismo, eso requiere ¿cómo decirlo? mucha dedicación y carisma, y capacidades extraordinarias como la actuación, de las que generalmente alguien como yo carece. No se preocupe el tiempo se encarga de eso. Y si no lo hace, quedese tranquilo, hay una ley proporcional que justifica su poca habilidad para mentir, mientras peor mienta, menos se miente a sí mismo. ¿Qué tal, eh? eso quizás sea lo único que me crea de todo esto (y lo de la suba de precios de artículos de pesca también). Me lo va a creer ¿por qué a quien no le haría sentirse bien saber que miente mal porque no se engaña a sí mismo? y si es mentira, es una mentira piadosa que tranquilamente se puede aceptar como verdad.
Cuestión que, diciendo la verdad o diciendo la mentira, la empresa no va a cerrar. Y no existe la distribuidora Miserere, y no hay huelgas en la central Belgrano, ni la de Recoleta es honorable. Pero pensé yo, que a usted quizás le gustaba tener una primicia sobre una empresa que desconoce y que no sabe qué hace, pero que tampoco importa, porque los rumores, como se dicen en secreto, y los secretos se escuchan más que las cosas dichas en voz alta, podía usted escucharme. Porque las primicias o las novedades se caracterizan por la poca y mentirosa información. Y también pensé, que le gustaba salir a la calle, con la sensación de tener una novedad entre sus pensamientos, sin la desilusión de que en el mundo no queda nada por estrenar. Y podía dejarle entre líneas, el amargo mensaje que tienen las mentiras, para que cuando usted mienta o le mientan se sonría… Mejor sonría cuando le mientan, porque si sonríe mintiendo y lo descubren, conseguirá una selección de insultos de los buenos. Y si mi reloj sigue marcando las horas, y el mundo sigue girando, puede empezar a sonreírse porque le he mentido.
Los escritores no saben ganarse la vida, porque en el mismo momento que escriben, dan por hecho que la vida misma está perdida. Este último punto, como también el primero, pueden considerarse o verse como una alusión metafórica a la triste realidad, o en su defecto, como una representación literal; y son, claro que lo son, muy discutibles. Allá ustedes hagan con esto lo que quieran, yo en verdad quiero contarles las idas y venidas de la empresa, que a mi me tienen, como dije antes, un tanto disgustado.
Porque en cualquier momento cierra la distribuidora Miserere, y hay huelgas en la central de Belgrano, y si la mala nueva se sigue moviendo, como se mueven los rumores, en pocos días nos veremos todos de patitas en la calle. Quizás subsista la de Recoleta, por una cuestión simbólica y honorable.
Pero dado a cómo se mueven y corren, y nunca detienen los rumores, tal vez usted es un lector de ocasión y no entiende de qué estoy hablando. ¡No se alarme! Voy a intentar ser lo más confuso posible, para que por las dudas, no entienda ni una coma. Pero si sigue leyendo, déjeme añadirle una pregunta de curioso: ¿realmente, usted cree, qué las cartas de amor que le escribió su pretendiente las escribió él? Piénselo. Ahora se lo pregunto de nuevo, de curioso insistente nomás, porque cuando alguien pregunta dos veces lo mismo, por regla estadística el interrogado responde dos veces (o tres) algo diferente. Ahhh ¿vió? Dos veces la misma pregunta y usted duda. Y titubea si aquella frase tan hermosa que le dijo entre garabatos era obra de él, o de algún escritor que no sabe ganarse la vida; porque bien sabe, y no me corrija si me equivoco, que esa frase tan linda, la escuchó meses después en una canción, o la leyó en el recoveco de algún libro.
Perdón, gajes del oficio. No debería hablar de esto. Supuestamente la empresa subsistía gracias al pacto de confidencialidad, a mí nunca me agradó demasiado eso, y ya entiendo por qué. Lo confidencial o la confianza, para el caso da lo mismo, tarda años en construirse y basta con un rumor, para que las promesas, y un pasado encantador, se desbaraten por dicho rumor. Y ahora me siento traicionado, y la traición es insoportable, tanto como para el culpable como para la víctima. No hay estadísticas sobre el tema, pero yo creo que el culpable lo sufre más. Es bastante extraño, porque yo soy víctima de toda esta farsa y la sufro como un culpable.
Cuestión que yo trabajaba en esta empresa, era tan lindo, mi despacho y el café de la mañana; faltaba tal vez una secretaria despampanante. Lamento que el presupuesto no diera para tales lujos. Trabajaba en el área de “entrevistas y estadísticas sobre el consumidor selecto”. Lo confieso: nunca me gusto ese nombre, me parecía muy ruidoso, y en verdad, había pocas nueces. La nuez era yo, ya que era encargado y único empleado del área. Me encargaba de realizar las entrevistas, procesarlas, y emitir las estadísticas. Y creo que soporté ese calvario de mentiras, sólo por el hecho de cruzarme con los escritores de gran prestigio. Era desgastante, porque la gente miente mucho en las entrevistas. Haga la prueba: pregunte dos veces la misma cosa, y le responderán dos veces algo diferente. Reconozco que me sirvió para la vida diaria de notable manera, al principio me regocijaba al ver la cara del mentiroso. Él mentiroso ¿le digo la verdad? está en todos lados y en cada parte de nuestro cuerpo. Y cuando alguien como yo, disculpe la arrogancia pero los números hablan por sí solos, entrevistó a nada más y nada menos que siete millones de individuos (no haga la cuenta de la cantidad de tiempo que me llevó lograr tal cifra, porque se dará cuenta que estoy mintiendo, y lo que es peor: se dará cuenta que cada tanto le agradan las mentiras, más cuando éstas incluyen magnitudes, temporalidad, etc.; ¿o acaso no nos gusta escuchar que el beso que dimos es el mejor que han recibido?). Bueno, como le decía… la capacidad de adivinar el rostro del mentiroso pasa a ser un acto reflejo. Y el acto reflejo se transforma en enfermad, en una especie de paranoia tardía que se adhiere a nosotros como una sombra ¡Y qué sorpresa! de repente todo el mundo miente.
Sin embargo estoy muy apenado, porque probablemente la empresa cierre o quiebre, a causa de este rumor. Y cuando a uno le cambian la rutina, le están cambiando la manera de despertarse y de irse a dormir, el modo en que toma el café, y la mirada con que uno mira no es la misma, nunca. Y quizás, yo consiga el despacho que siempre soñé con la secretaria despampanante que nuca tendré en otro trabajo, incluso sin tener que pasar por el acto cruel de sorprender al mentiroso.
Disculpe, gajes del oficio, me estoy yendo por las ramas y esto aburre. Ese es un recurso eficaz, utilizado a menudo antes de cada entrevista, cuando el entrevistado está nervioso o impaciente, usted no tiene que hacer otra cosa que hablarle del clima e irse por las ramas, encontrar esos temas en común (que casi siempre son ficticios) y provocar el proclamado efecto dominó. Después, contemplará con gracia y con cierto dejo de lástima, al entrevistado, o a la víctima –después de un tiempo es inevitable verlo como víctima-, verá con que rapidez se acalora en una conversación sobre la suba de precios en artículos de pesca. Probablemente, a usted le interesen estos datos y esté haciendo una anotación mental, ¿a quién no le gustaría saber, a ciencia cierta, si nuestra mujer nos fue infiel o no? Bueno, no a todos, es cierto.
En realidad lo que estoy haciendo es deplorable, y valga la redundancia estoy mintiendo como un desgraciado, estoy intentándome creer que mi trabajo era agradable. Sí, las malas costumbres se contagian, y yo me acostumbré a mentir, ¡ojo! con arte y confección, con estilo y elegancia, y por sobre todo con mucha pedantería. Lo desafío a usted a trabajar más de la mitad de su vida en un sucucho procesando entrevistas. ¿Ahora entiende lo que digo?, y sin embargo se quedó con la seductora idea de poder mentir con arte y confección, estilo y elegancia. También hay técnica para esto, los gestos, los instantes precisos, y no hablo de la dilatación de pupilas y la aceleración del ritmo cardíaco, ese es un recurso fetichista y poco útil que se usa sólo en las películas, y que la mayoría cree como se cree en todas las mentiras. ¿Se imagina que patético sería si la mamá le pregunta a su hijo si ha ingerido estupefacientes y en mitad del escándalo le toma el pulso, espera hasta el día siguiente y se lo toma nuevamente para controlar si su hijo mintió? Por supuesto que sería más lógico y efectivo hacerle análisis médicos y el incomodo etcétera, que controlar el ritmo cardíaco. Pero hay cierto narcisismo que lo lleva a uno a quedar en ridículo al hacer preguntas capciosas, y lanzar miradas inquisidoras, como si se tratara de uno de esos casos de película anteriormente mencionados, en el que él bueno descubre al malo mintiendo. Ese narcisismo del que hablo, es la última ilusión que le queda al pobre desgraciado que le mintieron, y casi siempre viene acompañado de una exclamación “¡Yo sabía!”, y al darse cuenta que se da cuenta que le mintieron, creé que todavía la vida tiene sentido porque es lo suficientemente diestro para darse cuenta que le mienten, y no un pobre estúpido al que engañaron de pies a cabeza.
Pero decía: mentir con arte y confección, estilo y elegancia; si a usted no le seduce esa idea le comento que a mí sí. Así escrito, la mentira parece una virtud. De hecho le voy a contar que usted sabe mentir mejor que yo. Ahhh… ¿usted no miente?, bueno, lo pregunto de nuevo ¿usted no miente? Bien, ahora podemos seguir. Puede que no le guste mentir, que no disfrute de engañar al otro, yo tampoco lo disfrutaba, pero cuando uno no puede cambiar el absurdo se adapta a el de la mejor manera, las primeras mentiras le quitan a uno el sueño, y después, uno ya está muy encaminado en el camino como para salirse, y va perfeccionándose en ese absurdo. Y llega el punto de la resignación, y se encuentra leyendo las palabras de un futuro desempleado que al parecer le va a revelar la clave para mentir con estilo y elegancia; y usted, si ha leído hasta acá no va a poder quitar la vista. ¿No me cree? haga la prueba, deje de leer ahora. ¿Pudo? ¿qué tema no? Incluso ahora me está creyendo esta mentira de que no puede dejar de leer ¿vio que fácil es mentir con elegancia? Ahhh, usted dirá pero esto es una estafa, para mentir con “esa” elegancia prefiero mentir a mi manera. Hágalo, después de todo habrá perdido algunos minutos en haber leído mis palabras, pero no se vaya sin saber que las grandes verdades se encuentran en los finales, o en su defecto, en las grandes mentiras. No me enojo si deja de leer, de igual modo, dudo que me entere.
Pero hay, hay una clave para mentir con elegancia, que se ajusta a todos nosotros, y mire que pobre: es la misma elegancia con la que nos mentimos todos nosotros. La elegancia del autoengaño, de la mala fe, de creerse las propias mentiras como si fueran verdades. Y no se sorprenda, usted ya lo sabía, de lo que no es capaz todavía, es de mentirle al otro como se miente a sí mismo, eso requiere ¿cómo decirlo? mucha dedicación y carisma, y capacidades extraordinarias como la actuación, de las que generalmente alguien como yo carece. No se preocupe el tiempo se encarga de eso. Y si no lo hace, quedese tranquilo, hay una ley proporcional que justifica su poca habilidad para mentir, mientras peor mienta, menos se miente a sí mismo. ¿Qué tal, eh? eso quizás sea lo único que me crea de todo esto (y lo de la suba de precios de artículos de pesca también). Me lo va a creer ¿por qué a quien no le haría sentirse bien saber que miente mal porque no se engaña a sí mismo? y si es mentira, es una mentira piadosa que tranquilamente se puede aceptar como verdad.
Cuestión que, diciendo la verdad o diciendo la mentira, la empresa no va a cerrar. Y no existe la distribuidora Miserere, y no hay huelgas en la central Belgrano, ni la de Recoleta es honorable. Pero pensé yo, que a usted quizás le gustaba tener una primicia sobre una empresa que desconoce y que no sabe qué hace, pero que tampoco importa, porque los rumores, como se dicen en secreto, y los secretos se escuchan más que las cosas dichas en voz alta, podía usted escucharme. Porque las primicias o las novedades se caracterizan por la poca y mentirosa información. Y también pensé, que le gustaba salir a la calle, con la sensación de tener una novedad entre sus pensamientos, sin la desilusión de que en el mundo no queda nada por estrenar. Y podía dejarle entre líneas, el amargo mensaje que tienen las mentiras, para que cuando usted mienta o le mientan se sonría… Mejor sonría cuando le mientan, porque si sonríe mintiendo y lo descubren, conseguirá una selección de insultos de los buenos. Y si mi reloj sigue marcando las horas, y el mundo sigue girando, puede empezar a sonreírse porque le he mentido.

3 comentarios:
Jajajajja muy bueno, pocos lo entenderían. Pocos dedicarían su tiempo a leerlo, pocos les interesaría leerlo directamente. Pero después de todo, si uno lo lee, descubre el verdadero espíritu escritor que existe en el autor.
"Escribiendo uno no se gana la vida", eso no lo sé, no puedo opinar, soy ajeno al tema. Lo que sí sé es que si te hace feliz, entonces, adelante......
No sé si la Manuliteratura es taan limitada como dice este sujeto que firma antes que yo pero... Bueh a uno le gusta pensarlo así supongo... Pocos podrían dar una opinión verdaderamente relevante...
Un abrazo hermano!
Pasate.
".......eso no lo sé, no puedo opinar, soy ajeno al tema......." --> jaja qué divino acabás de descalificar todas tus palabras vos solito................... ay, dios,jajj
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