Usted lo sabe, yo lo sé, todos lo sabemos: en todas sus formas y matices, en cualquier rincón, y en cada hora que pasa, el desamor es terrible. Y para peor, aunque no queramos admitirlo, es siempre lo mismo: llantos, llamadas, sensaciones varias de abandono, desoladas soledades, decepciones, insomnios, y otra vez lo mismo… cansancios, llantos, y sucesivos etcéteras.
Hay excepciones y variables, y si bien vivimos cada desamor como el más insoportable, o el único e irrepetible, digamos que –disculpen la reducción- hay tres destinos inexorables: ser dejados, verdugos, o –en el mejor de los casos- cómplices de la tragedia. Es decir, o nos dejan y nos sentimos más tristes que un payaso fingiendo su sonrisa, o somos verdugos condenados al fracaso sabiendo que le garantizamos al otro largas noches de incesantes lágrimas. Y después, el particular caso de los cómplices que por las buenas terminan con las malas, que es demasiado feliz como para gastar tinta y hojas en escribirlo. Pero hay que tener en cuenta que todos los desamores tienen un poquito de cada cosa.
No quiero huir por la tangente, lo que quiero contarle es algo más simple y escurridizo, y sobre lo otro, ya está todo muy dicho –hágame caso, encienda la radio y cuénteme de que hablan las canciones-. Ya habrá escuchado que el tiempo cura las heridas y que al fin de cuentas todo pasa.
Lo que me lleva a escribirle estimado, es una idea secamente monetaria, claro… está disimulada en ciertos misterios circunstanciales que intentan parecer solidarios, o piadosos; pero en el fondo yo soy un miserable.
Lo que pretendo es acortar esa brecha, rellenar ese hueco vacío que deja el desamor. No se anticipe, la idea es buena, incluso está en uso desde antaño, simplemente propongo una vuelta de tuerca al asunto, echarle un poco de perfume a la flor marchita, o como quien dice, endulzar el engaño. Se me ocurrió, siempre y cuando alguien me acompañe, crear una mediana empresa que se encargue de lidiar con el tortuoso asunto del desamor, curar las penas, garantizar el olvido, devolverle la sonrisa. ¿Me sigue?
Vayamos de a poco, si todo esto resulta, pasaríamos a ser socios en un proyecto increíble que, no me tome usted por idealista, va a cambiar el mundo. Lo voy a explicar mejor: en primeras líneas consiste crear una compañía aseguradora, de impecable inocencia e incuestionable éxito, con un personal capacitado para disminuir los efectos colaterales y directos que produce cualquier tipo de desamor. ¿Qué quiero decir con personal capacitado? Bueno, consideremos personal capacitado a toda persona que sepa algo del amor y tenga algo de ingenio para sacar a las víctimas de sus tragedias con útiles consejos, y transitoria compañía. Sí, sí, perfectos candidatos para formar el equipo de trabajo podrían ser desde frustrados poetas, hasta amantes despechadas.
En términos burocráticos, dicha compañía aseguradora funcionaría de manera tan sencilla como cualquier otra. Los interesados contratarían por anticipado nuestros servicios, haciendo una simple llamada telefónica, describiéndonos su situación, y quedarían desde ese instante exentos para siempre de los insensatos miedos de ser abandonados. No podemos dejar de lado el maravilloso detalle, que probablemente a usted ya se le ocurrió: sí, sí… ¡el servicio va poder ser pedido por terceros!.
Imagine que hermoso y cuan horrendo, estaríamos trabajando con dos cuestiones inevitables entre los mortales: el miedo y el amor. Imagínese, antes de una relación uno podría darse el lujo de tomar las precauciones necesarias y adherirse a este circo de seguridad. Sería como quien compra un auto y contrata el respectivo seguro por miedo a perderlo, a dañarlo, o que se lo roben. No me trate de infame, ¿acaso le incomodan mis principios?
Piénselo: estar por un rato despojado de insomnios, llantos, llamadas que nunca suenan.
Y cuando hablo del maravilloso detalle de que el servicio pueda ser contratado por terceros, lo hago, para ahorrarle a unos cuantos el dilema ético y moral, que podría ocasionarle a uno el saber que, en definitiva, está pagando por transitorias compañías. A lo que voy estimado lector es que, usted mismo podría contratar para un amigo o familiar nuestros servicios, y éste, sin darse cuenta, sería salvado por una de nuestras amantes despechadas o poetas frustrados, de su calvario de tristezas.
Esto hablando en líneas burocráticas, pero… ¿cómo funcionaría todo este arsenal de ideas en la práctica? Bueno, es muy simple, una vez inscripto en nuestro sistema, nosotros, de alguna manera, sabremos como anda el amor por sus pagos, y una vez llegado el final de los finales, acudiríamos a su rescate. Enviaríamos a uno de los miembros del equipo para que lo seduzca mientras compra el diario, o espera el colectivo, y usted en un parpadeo estaría enamorado nuevamente y saliendo de sus sufrimientos prácticamente ileso. ¿Acaso no es eso lo que uno quiere: dejar de sentir el gusto del fracaso, olvidar ese tren interminable de ilusiones muertas, quitarle a las mañanas la falta de sentido que tiene despertar?
Calculemos que no es todo tan fabuloso como parece, habrá casos felices, en los que nuestro personal sienta que los sentimientos son correspondidos con sus victimas y todo concluya en otra apasionada historia de amor. Y habrá de los otros, los más tristes, en que la victima no conseguirá ese trato reciproco y se verá envuelto en el mundo de las decepciones otra vez. Pero, a nosotros, que nos incumben las ambiciones monetarias, nos parecerá ese un gran caso, ya que tendremos un cliente adherido por unos cuantos meses más, un cliente en un juego de nunca acabar, donde siempre pierde y es rescatado.
Después de todo, que no nos pese la conciencia; que uno abandona y es abandonado es un hecho de la vida diaria, y sino ya lo han dicho: todo pasa.
Por mi parte, cambiando de tema le comento, que esa idea de que las cosas pasen le deja un ruido insoportable a mis días, porque… disculpe que me ponga sentimental, ahora mismo estoy yo envuelto en el peor de los finales y cada vez que alguien se aproxima a darme sus condolencias, el hecho de que me digan con una sonrisa de lástima que todo pasa, abre un abismo en mi porvenir. Yo no quiero que pasen mis épocas más felices, mis mejores besos, aquellos ratos de amor; no quiero que pase esta tristeza, que el inexistente olvido venga a visitarme, y queden en la puerta de mi casa sólo algunas nostalgias imprecisas. Yo humildemente quiero que ella vuelva. No espero una amante despechada que me salve, ¿salvarme y perderlo todo?
Y usted sabe, en mi historia no hubo victimas ni culpables, hubo responsables. Y yo pensé, que tal vez, fundando una empresa que me haga millonario; o en su defecto, un hombre exitoso, podía recuperar el encanto de que los ojos de ella me miren, que su boca me bese, que su cuerpo me busque por inercia como lo hace el mío.
Y si no funciona la empresa, me gustaría que el rumor corra, y que ella alguna vez se entere de todas estas cosas, y sepa que unas cuantas veces le escribí. Y que, después de tantos años, aún la pienso…
Hay excepciones y variables, y si bien vivimos cada desamor como el más insoportable, o el único e irrepetible, digamos que –disculpen la reducción- hay tres destinos inexorables: ser dejados, verdugos, o –en el mejor de los casos- cómplices de la tragedia. Es decir, o nos dejan y nos sentimos más tristes que un payaso fingiendo su sonrisa, o somos verdugos condenados al fracaso sabiendo que le garantizamos al otro largas noches de incesantes lágrimas. Y después, el particular caso de los cómplices que por las buenas terminan con las malas, que es demasiado feliz como para gastar tinta y hojas en escribirlo. Pero hay que tener en cuenta que todos los desamores tienen un poquito de cada cosa.
No quiero huir por la tangente, lo que quiero contarle es algo más simple y escurridizo, y sobre lo otro, ya está todo muy dicho –hágame caso, encienda la radio y cuénteme de que hablan las canciones-. Ya habrá escuchado que el tiempo cura las heridas y que al fin de cuentas todo pasa.
Lo que me lleva a escribirle estimado, es una idea secamente monetaria, claro… está disimulada en ciertos misterios circunstanciales que intentan parecer solidarios, o piadosos; pero en el fondo yo soy un miserable.
Lo que pretendo es acortar esa brecha, rellenar ese hueco vacío que deja el desamor. No se anticipe, la idea es buena, incluso está en uso desde antaño, simplemente propongo una vuelta de tuerca al asunto, echarle un poco de perfume a la flor marchita, o como quien dice, endulzar el engaño. Se me ocurrió, siempre y cuando alguien me acompañe, crear una mediana empresa que se encargue de lidiar con el tortuoso asunto del desamor, curar las penas, garantizar el olvido, devolverle la sonrisa. ¿Me sigue?
Vayamos de a poco, si todo esto resulta, pasaríamos a ser socios en un proyecto increíble que, no me tome usted por idealista, va a cambiar el mundo. Lo voy a explicar mejor: en primeras líneas consiste crear una compañía aseguradora, de impecable inocencia e incuestionable éxito, con un personal capacitado para disminuir los efectos colaterales y directos que produce cualquier tipo de desamor. ¿Qué quiero decir con personal capacitado? Bueno, consideremos personal capacitado a toda persona que sepa algo del amor y tenga algo de ingenio para sacar a las víctimas de sus tragedias con útiles consejos, y transitoria compañía. Sí, sí, perfectos candidatos para formar el equipo de trabajo podrían ser desde frustrados poetas, hasta amantes despechadas.
En términos burocráticos, dicha compañía aseguradora funcionaría de manera tan sencilla como cualquier otra. Los interesados contratarían por anticipado nuestros servicios, haciendo una simple llamada telefónica, describiéndonos su situación, y quedarían desde ese instante exentos para siempre de los insensatos miedos de ser abandonados. No podemos dejar de lado el maravilloso detalle, que probablemente a usted ya se le ocurrió: sí, sí… ¡el servicio va poder ser pedido por terceros!.
Imagine que hermoso y cuan horrendo, estaríamos trabajando con dos cuestiones inevitables entre los mortales: el miedo y el amor. Imagínese, antes de una relación uno podría darse el lujo de tomar las precauciones necesarias y adherirse a este circo de seguridad. Sería como quien compra un auto y contrata el respectivo seguro por miedo a perderlo, a dañarlo, o que se lo roben. No me trate de infame, ¿acaso le incomodan mis principios?
Piénselo: estar por un rato despojado de insomnios, llantos, llamadas que nunca suenan.
Y cuando hablo del maravilloso detalle de que el servicio pueda ser contratado por terceros, lo hago, para ahorrarle a unos cuantos el dilema ético y moral, que podría ocasionarle a uno el saber que, en definitiva, está pagando por transitorias compañías. A lo que voy estimado lector es que, usted mismo podría contratar para un amigo o familiar nuestros servicios, y éste, sin darse cuenta, sería salvado por una de nuestras amantes despechadas o poetas frustrados, de su calvario de tristezas.
Esto hablando en líneas burocráticas, pero… ¿cómo funcionaría todo este arsenal de ideas en la práctica? Bueno, es muy simple, una vez inscripto en nuestro sistema, nosotros, de alguna manera, sabremos como anda el amor por sus pagos, y una vez llegado el final de los finales, acudiríamos a su rescate. Enviaríamos a uno de los miembros del equipo para que lo seduzca mientras compra el diario, o espera el colectivo, y usted en un parpadeo estaría enamorado nuevamente y saliendo de sus sufrimientos prácticamente ileso. ¿Acaso no es eso lo que uno quiere: dejar de sentir el gusto del fracaso, olvidar ese tren interminable de ilusiones muertas, quitarle a las mañanas la falta de sentido que tiene despertar?
Calculemos que no es todo tan fabuloso como parece, habrá casos felices, en los que nuestro personal sienta que los sentimientos son correspondidos con sus victimas y todo concluya en otra apasionada historia de amor. Y habrá de los otros, los más tristes, en que la victima no conseguirá ese trato reciproco y se verá envuelto en el mundo de las decepciones otra vez. Pero, a nosotros, que nos incumben las ambiciones monetarias, nos parecerá ese un gran caso, ya que tendremos un cliente adherido por unos cuantos meses más, un cliente en un juego de nunca acabar, donde siempre pierde y es rescatado.
Después de todo, que no nos pese la conciencia; que uno abandona y es abandonado es un hecho de la vida diaria, y sino ya lo han dicho: todo pasa.
Por mi parte, cambiando de tema le comento, que esa idea de que las cosas pasen le deja un ruido insoportable a mis días, porque… disculpe que me ponga sentimental, ahora mismo estoy yo envuelto en el peor de los finales y cada vez que alguien se aproxima a darme sus condolencias, el hecho de que me digan con una sonrisa de lástima que todo pasa, abre un abismo en mi porvenir. Yo no quiero que pasen mis épocas más felices, mis mejores besos, aquellos ratos de amor; no quiero que pase esta tristeza, que el inexistente olvido venga a visitarme, y queden en la puerta de mi casa sólo algunas nostalgias imprecisas. Yo humildemente quiero que ella vuelva. No espero una amante despechada que me salve, ¿salvarme y perderlo todo?
Y usted sabe, en mi historia no hubo victimas ni culpables, hubo responsables. Y yo pensé, que tal vez, fundando una empresa que me haga millonario; o en su defecto, un hombre exitoso, podía recuperar el encanto de que los ojos de ella me miren, que su boca me bese, que su cuerpo me busque por inercia como lo hace el mío.
Y si no funciona la empresa, me gustaría que el rumor corra, y que ella alguna vez se entere de todas estas cosas, y sepa que unas cuantas veces le escribí. Y que, después de tantos años, aún la pienso…

4 comentarios:
Muchas verdades bien descriptas...
Che muy copado lo que escribis,
Saludos !
no gracias a vos ! ojala todos se detuvieran tan solo unos minutos a pensar en lo que estan haciendo y ver que hay muchas cosas muy interesantes,por ejemplo este blog. Ojala pudiera escribir como vos ! Gracias por el comentario.
Un saludo.
Mauricio.
P.D.: Espero tu libro.
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