martes, 23 de septiembre de 2008

Ana

Ana[1] fue un gran amor…











[1] Nota al pie de página: Es un vicio vanguardista, lo admito, el de jugar con los espacios de las hojas. Pero… ¿será posible que de nuestros grandes amores sólo quede la calma al pronunciar su nombre y luego un espacio vacío? Queda un espacio vacío que uno podría llenar de garabatos, o especulaciones varias que alteran el invariable destino. Queda el poético e impreciso ‘pudo haber sido’, y la calma de su nombre. Porque decir o escribir Ana equivale a besarla, a dormir un rato entre sus parpados, a sentir ese amor que no necesita ya del cuerpo, ni de los orgasmos, ni de las discusiones para quitarle el óxido a la pasión que se oxida con los años. No voy a negarlo, existen nombres más sensuales y novelescos, reconozcamos también que la dulce Dulcinea de Don Quijote no era de lo más sensual, pero sí lo más novelesco. Mi gran amor, desde entonces, habita en cada hoja que escribo, en los rincones más insólitos, en mi manera de elegir la ropa, o cepillarme los dientes.

¿Qué quiere que le diga? De ser por mí le pagaría a un escritor de buena talla para que escriba la historia de Ana; o a un cantante para que cante una canción que la persiga. Sí, eso es, una canción que se esconda tras ella y la persiga en las calles, en el subte, cuando cocina o cuelga la ropa. En verdad ella era pro-feminista nunca hubiera lavado un par de platos, sí algunas copas.

Recuerdo la carta del Subcomandante ‘insurgente’ Marcos pidiéndole unos tonos a Sabina. Siete años demoró en ser respondida aquella carta, a modo de canción, claro. Siete años, que creo yo, al Sup le dolieron las muelas para que al escucharla otros muchos pudieran sentir, por fin, ese dolor de muelas aliviado.

Es un gesto innoble o descarado creer que mi historia deba ser contada, que peca de vanidoso, pero es que yo pienso que la cantidad de idioteces que he cometido en nombre del desamor no tiene nombre y mucho menos apellido, que cada exitoso fracaso debe ser documentado para brindar, aunque sea, el ejemplo de lo que no hay que hacer.

Después de todo, al cerrar balances y quedar en números rojos, al haber formado parte, cada viernes por la noche, de la procesión del adiós en un bar desconocido; uno prefiere un sábado cualquiera añadirle un capitulo al libro largo de la vida, esas pocas palabras: “Ana fue un gran amor” y que el silencio hable por sí mismo.

2 comentarios:

Maye, Manyu, Manyula, Mayula, etc dijo...

ayy dios.. como siguen doliendo los grandes amores en lo más profundo de ls huesos..
buuuuuuuuuuuuu







hace mucho que usted y yo no dialogamos no le parece?

un abazoo

Dulce Arte dijo...

Estoy en medio de mi primer GRAN amor.. Hace poco me di cuenta de que los anteriores no fueron tan inmensos como este.
Sólo espero que no duela tanto el futuro..

Me gustó! mucho..
Saludos.