lunes, 29 de septiembre de 2008

Horoscopo ocasional

En fin, ¿cuántas veces me habré sentido un idiota por estar leyendo mientras que espero un turno para el doctor una de esas revistas de salas de espera? Porque esos títulos irresistibles y modelos ostentosas, simplemente me tientan. Y cuando voy a tomarla, la mirada de la viejita que está tejiendo el pulóver me intimida, la mamá con su hijo ya la leyó y vió las fotos y ella pudo haber tenido ese cuerpo si no se hubiera casado tan joven; y no, no puedo tomar esa. Tampoco la de los últimos descubrimientos científicos, y debajo de la de científicos hay otra con fotos insinuantes, y otra, una de bicicletas supersónicas, y la aburridísima de política y economía. Ya está, no queda otra, el amargo sabor del aburrimiento… las acciones, la suba de impuestos, estadísticas de las elecciones. Nada eh, y de repente, el horóscopo en algún rincón de la hoja. Al principio la resistencia, no puedo volverme supersticioso. Pero ya es tarde: “Se le abrirán nuevas perspectivas” ¡qué novedad, ¿no?! “tome las decisiones correctas, piense bien antes de elegir” pienso si presenté o no los formularios, tengo que asumir que se encargue otro. “Puede que tenga días movidos, no desespere, vendrán tiempos mejores” y ya estaba atrapado, casi me lo creo, o al menos siempre dudo cuando quito la vista, y hay cierto misticismo en la sala de espera. Y ahí armo el argumento racional, “vendrán tiempos mejores”, siempre lo mismo, así es muy fácil escribir horóscopos, ¿cuándo no llegaron tiempos mejores? Es difícil decirlo, pero uno siempre los está esperando, entonces pocas veces se da cuenta de que no llegan; y… ¿cuándo no hubo nuevas perspectivas? Etcétera.
Pero ahí me doy cuenta que, en esas cuatro líneas, le describen a uno el futuro; no importa que sea cierto, después de todo ¿qué porvenir lo es? Lo que da envidia es que ellos pudieron resumir en pocas palabras lo que a mi me llevaría una vida. Es tremendo, elaboro un horóscopo mental, para convencerme de que puedo, porque ya es un desafío. Lo hago a mi manera, inevitable que no incluya el pasado, un poco de presente, como hace tres días que no duermo y antes dormía como un angelito, y ahí esta, “procure estar descansado nunca se sabe que malas se avecinan; no se precipite, ya se resolverán los problemas, y cuide la presión, puede que ande medio tenso”.
No era tan difícil, además, cada vez que espero en una sala de espera hago lo mismo: leer los horóscopos, y convencerme de que los días a punto de llegar no son tan enigmáticos. Probablemente usted haga lo mismo, y disculpe si lo ofendí al pensar que es ingenuo creer en los horóscopos, seguramente no va demorar en recuperar la inocencia. Yo sólo advierto que, puede tener sus serias consecuencias creer en exceso, por ejemplo que la vida se torne aburrida, al saber lo que nos depara el porvenir, y quede muerta la posibilidad de sorprenderse. Averiguar el futuro debe ser tan triste como escribir el propio epitafio.
Sería como vivir recordando, o mejor dicho, como volver a vivir los recuerdos, un deja vu constante, todos serían viejos momentos, hazañas sin picardía, caricias sin vértigo, chistes sin gracia, esperas esperadas, errores repetidos. Y sentir dos veces el mismo amor, la misma felicidad, el mismo orgasmo, dos veces las mismas cosas, se volvería insoportable.
¡Qué tragedia! Y entre tanto sentimentalismo, podría yo añadir que no espere vivir el futuro, que no se abandone al azar premeditado, o cualquier frase que venga al caso, una frase que lo llene de entusiasmo, y tenga unas impresionantes ganas de vivir el presente, de saltar y reír, y llamar al lejano amor que nos quitó el sueño, y abrazar a un ser querido, y alejar el futuro de una vez por todas.

Pero tranquilo que en las salas de espera no queda otra que esperar. Además está viviendo en el presente, y mire qué curioso, mientras que usted lee esto en el presente, está en mí presente, y viceversa. Entonces, mucho gusto, y que tenga usted un buen día, o en lenguaje de horóscopo: “¡Va a tener un buen día!”.